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martes, 24 de marzo de 2015

Explosión en tres, dos, uno.




Hoy he cogido un atajo para llegar antes a cualquier sitio en el que no estuviera yo.

Me he prohibido quererte como el que se prohíbe fumar cada lunes, 
ya ves; 
no tengo fuerza ni voluntad para dejar de dolerme.

Quien tiene una herida, tiene un tesoro;
por haber querido hasta sangrar, 
hasta después del punto y final,
hasta cuando lo único que puedes hacer es odiar.

Tengo que decirte que desde que te conozco, me desconozco;
que desde que pusiste un invierno de por medio, no me quedan pretensiones;
y, además, he dejado de intentar darte razones porque me quitaste todos los motivos.

He tenido miedo, por mí y por todos mis compañeros; pero por ti primero.
He tenido miedo y ya no me queda más, se me gastó la última vez que salté al vació por tu boca, resbalé por tu pecho y me dejé caer entre tus piernas.

Háblame del olvido.

Dime cómo y cuándo.

Quiero decir, que por qué sigues aquí si ya no estás y cuándo piensas irte, joder.

Cuántas veces tengo que dejar de decirte que ‘te quiero’ para creérmelo; 
y quién te crees que eres para seguir siendo quién eres para mí.

Te quise como si no me fueras a romper; pero tengo que decirte que Roma, en ruinas, sigue siendo bonita.

Llegaste a tiempo para salvarme y te fuiste a destiempo como todo lo que se quiere en la vida.

Te he destrozado tantas veces contra mis rodillas que podría afirmarte como mi golpe de suerte;
te he matado tantas veces en mi cabeza que deberían declararme culpable de asesinato en mi imaginación.

Hemos dejado de decirnos todo lo que una vez no nos contamos.

Estamos en paz.
He vuelto de la guerra y quererte siempre me supo a derrota;

lo siento,
pero esta vez me he ganado.







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