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jueves, 18 de diciembre de 2014

Las chicas sinceras no viven para contarlo.





Tengo ojos de estar cometiendo el error de mi vida.

Hoy me he despertado ahogada dentro de una botella de cristal que no existe;
me he cortado el pelo que no tengo y he tenido miedo por los dos;
pero todavía no sé a qué.

Tengo la mirada perdida porque no sé dónde estás y un montón de ganas de nada desde que existes lejos de todo y cerca de una nada gigante que se extiende por este calendario que llevo impuesto como cuerpo y que arrastro desde que no soy pájaro.

 Mi propósito de año nuevo es acabarlo bien; como siempre.
Como nunca.

Los lunes por la mañana ya no me despierto;
paseo, sonámbula, con la ventana abierta con toda la intención de poner cachondo al invierno y que muerda con ansia todo el hielo que resbala, tranquilo, por todo lo que no te llegué a querer nunca.

Es probable que nunca llegue a nada porque ya lo he tenido todo;
y ahora lo entiendo: nunca tuve suficiente.

La fragilidad tiene su punto,
aunque no sé dónde poner el final.

Afirmo, orgullosa, que tengo toda la intención;
pero no sé dónde.

Conozco 27 maneras de hacerme daño y todas tienen que ver contigo.

Pero, verás, estoy desayunando en la ventana y justo ha salido el sol,
entonces me he acordado de ti y de que no puedo darte los buenos días;
he hecho cuentas y no vivimos ninguno.

La ventana que abriste tenía vistas a mi puerta,
y dentro solo había un túnel del terror.

Sonábamos mejor en silencio;
y soñábamos mejor por separado.

He recibido muchas llamadas,
pero no he aceptado ninguna que no parezca la tuya.

Me caigo en picado y me supera el vértigo a éstas alturas;

siempre tuve miedo a volar 
y nunca supe vivir planeando.


No intentes solucionarme.






lunes, 8 de diciembre de 2014

Padecer de ti misma.




Anoche me acosté imaginando cómo podría ser hacer un cambio. 
Cambiar la realidad, bien conocida, y, en vez de caminar, salir volando.
Lagarto amarillo.


‘Déjate de tonterías que, desde que predecimos el final, supimos que el principio no era más que pura sexo’, le dijo.

Sé reírme por dentro y tú ni si quiera te sabes el camino de vuelta;
pensó ella.

Tiene tantas ganas de llorar que ni se ha parado a mirar el paisaje.

Tiene las rodillas llenas de moratones disecados y un par de hostias que darle a la vida.

Nunca supo escucharla y, al final del final, tampoco quiso.

Era solo desgaste y decepción y tenía la polla demasiado pequeña para su gusto;
pero le ha escrito más veces de las que se ha escrito a ella;
se ha dejado el pelo largo y encima le importa una puta mierda no importarle a nadie.

Sigue entera, de pie, como si el aire que le despeina y las hojas que le cortan el paso, no existieran;
como si los charcos que pisa, fuesen de cristal y los siete años de mala suerte la quisiesen a ella.

Son las 23:35 y hace frío; tiene más excusas para no salir de la cama que ganas para salir de ella. Misma.

Ha venido aquí a morir y ya no amanece violeta, tiene una herida de bala en los días que gastó contigo;
y ahora solo se lamenta de haberse enamorado de su monstruo, de su piedra, de un hijo de puta.

Tampoco sabe qué se siente cuando una gana la partida y cumple el deseo y encuentra un trébol de cuatro hojas al que no se le cae un pétalo de vergüenza.

Comprenderás que, entonces, no entiende eso de la empatía, ni el sexo con caricias, ni las cosquillas, ni los besos en la nariz.

Es reincidente de caídas por exceso de velocidad, en tragarse el corazón pero no vomitarlo nunca.

Querer morirse y no hacerlo es cuestión de un bolero de diferencia.

‘A la tercera me doy por vencida’; y ya van cuatro-cientas.

No es que no quiera es que no se quiere y no llega a sacarse el puñal que se clavó el día que empezó a dormir con la ventana abierta por si se te ocurría volver.

Porque ‘volver’ suena fatal; pero si no vuelves, al menos, cierra la ventana;
que se me van a congelar las penas.

‘Sigo confundiendo los golpes con caricias: a cualquiera, en mi lugar, le gustaría ser otra.

Lo piensa cada noche, pero no se lo dice.