hands

hands

jueves, 21 de agosto de 2014

Historia de una sonrisa suicida.



Imagina una chica desnuda enfrente de una ventana rota;
con unas tijeras en la mano apunto de cortar con todo el pasado que es más tormento que tormenta de verano.

Imagina a esa chica desnuda enfrente de un espejo, admirando la belleza frágil y descontenta de su cuerpo delgado y extremadamente delicado lleno de cicatrices imperceptibles a la vista pero palpables al tacto.

Esas cicatrices abiertas y desvestidas de todo recuerdo,
 ahogadas en alcohol cada noche y redimidas en los amaneceres en los que se hartaba de recibir golpes, 
pero ninguno de suerte.

Golpes en forma de cartas, de canciones envenenadas y llamadas telefónicas desprovistas de dulzura y repletas de todo el miedo y la rabia, y el tiempo, y el frío, y la tristeza, y la apatía de esos últimos meses en los que no sabía dónde había dejado la ilusión que no encontraba donde estaba siempre: su boca.

Había sido una chica feliz, condenada a pasar el resto de su vida sonriendo y ahora andaba cabizbaja, con la suerte por los tobillos y preguntándose si esta mierda de mundo era merecedor de unas lágrimas como las suyas, 
llenas de muerte pero que regaban las flores que crecían a su paso.

'Valiente hija de puta’ se repetía cada vez que pensaba que se habría tirado por cualquier precipicio con tal de un beso más;
se mordía los labios para matar las ganas y el sabor metálico de la sangre invadía las heridas y se extendía rápidamente por toda la boca; 
dejando en su paladar un sabor a desesperación que rozaba la incomodez de tener que seguir respirando.

Se había visto pocas veces en esa situación:
querer romper todos los espejos para cortarse con los cristales,
con la mierda tan hasta el cuello que se ahogaba de pena, 
tan vacía de todo que solo estaba llena de ruido,
asfixiada por la soledad de tener que dolerse otra vida más,
inventando noches para salvar días.


Y de repente se descubrió con la sensatez en la garganta y las manos llenas de sentimientos quieréndose suicidar; 
pensó que era mejor dejarlos morir antes de que la matasen a ella...



2 comentarios:

  1. Jo, este no me gusta, es muy agobiante y me deja mal sabor de boca, pero quizá eso sea lo bueno, que tus palabras llegan demasiado bien, Ana.

    Aunque me gustará leer la historia dulce de después,
    cuando las heridas se cierran... sin tenerlas que coser.
    Sin tener que inventar noches,
    que la protagonista descubra que los días
    ya no necesitan rescate
    y ella respira,
    libre de los collares que le oprimían,
    volviendo a sentir el olor de las flores
    que surgieron de sus lágrimas llenas de vida.

    ResponderEliminar