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martes, 10 de diciembre de 2013

A mí la vida me enseñó que.

Se sentó en el marco de la ventana,
como si se tratara del precipicio de sus ojos;
por el que se tiraba cada noche al encenderse el porro de despedida.

Y entonces sonreía,
como si la estuviese mirando la vida
y no pudiese evitar maltratarse pensando que ella era la cicatriz que no se había cerrado,
la herida que no dejaba de sangrar.

Fumaba,
como rozando los últimos veintitrés años de insomnio y desequilibrios.

A base de reescribir finales felices se había tatuado un infeliz final.

Y mirando por la ventana,
como si viese su espalda,
se mordía los labios;
como si al hacerlo mordiera la incoherencia de sus manos al tocarla.

Se besaba los desastres,
como si al hacerlo borrara la violencia con la que se miraba al espejo;
como si, por un momento, la felicidad le cogiese la mano y besara sus nudillos uno a uno;
aún a riesgo de saborear las magulladuras de los golpes certeros de caballeros andantes que,al final,resultaron ser más andantes que caballeros.

Entre delirio y cerveza corría las cortinas,
como si al hacerlo estuviese cerrando esa puerta que nunca había abierto.


Era fría;
pero a la vida le damos igual,
y el amor no tiene temperatura;

y, sentada en su ventana, 
decidió dejarse caer; 
y se dio cuenta de la escasa diferencia que hay entre volar y querer.

 Y querer es una putada,
porque nadie te avisa de que al final acabarás en cualquier ventana queriendo saber volar.









1 comentario:

  1. "Y querer es una putada,
    porque nadie te avisa de que al final acabarás en cualquier ventana queriendo saber volar."

    Brutal

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